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Crítica a 'El chico sobre la caja de madera' de Leon Leyson

  • 4 abr 2014
  • 8 min de lectura

Me van a permitir, antes de mostrar la crítica del libro, una licencia: contar una anécdota personal relacionada con el entorno y la época del autor de este libro, Leon Leyson. Me enamoré de Praga la primera vez que la visité, pero especialmente de su barrio judío. Aconsejo a todo el que visite la ciudad dedicarle un día completo exclusivamente a este barrio. Sin embargo, no es habitual al visitar una ciudad cualquiera llevarse un recuerdo que impacte en la propia vida para siempre. A mí esto me ocurrió en el barrio judío de Praga y hasta la fecha en ningún otro lugar.Obviamente, la historia no es ajena a la persona que llegó a Praga como turista y que ya nunca sería la misma tras visitar su barrio judío. Era una época de especial incertidumbre para mí por razones que en este momento no resultan relevantes. La cuestión es que debía tomar decisiones relevantes en mi entonces futuro más inmediato sobre mi vida laboral de una forma estratégica, sin conocer de antemano los movimientos de otras personas, que, por su parte, podrían influir sustancialmente sobre los resultados de mis propios comportamientos. Aquel era el momento de decidir, lo tenía claro, aun a sabiendas de que, por positivos que llegaran a ser los resultados, hacerlo supondría un largo período de extrema tensión y hostilidad, al que sin duda temía, mientras que no actuar supondría autocondenarme para siempre al ostracismo.De pronto, encontré una joyería que llamó mi atención en una esquina. Quería comprar un regalo, pero, al acercarme, vi un colgante que era un símbolo con un especial significado para mí. Se trataba de un ancla de plata con piedras de granate, un mineral típico de la República Checa. Yo, que pensaba llevarme de Praga como recuerdo la obra de Vaclac Havel en inglés, a lo que, por supuesto, no renuncié, había encontrado el recuerdo más entrañable y lleno de significado que nunca había conseguido en mis viajes anteriores. El ancla significaba el apego a lo sólido, la seguridad, en aquella época de tanta incertidumbre. No obstante, para mí contaba con un significado adicional. Era el símbolo donde, con sus luces y sus sombras, había sido educada y donde, entonces comprendí, había adquirido lo que los académicos de recursos humanos hoy denominamos las competencias interpersonales que, en su momento me proporcionarían la victoria o, de ser insuficientes, la derrota en mi empresa. En aquel momento comprendí: “Si en algún momento me presento a una cátedra, llevaré este colgante”. Y entré. Le pregunté a una mujer, que me recibió amablemente, por el colgante y su precio. Me lo mostró. Me pareció algo caro. “Pero es granate checo”, pensé. En realidad, antes de entrar en la joyería, ya había decidido que me lo llevaría, costara lo que costara.De repente, me sorprendí diciéndole a aquella mujer menuda que era el símbolo de la escuela donde me había formado. Su expresión cambió al momento, mostraba más atención, y me preguntó: “¿Una escuela judía?”. Creí que quizás alguna escuela judía disponía del mismo símbolo. “No, católica”, le respondí. Ella me preguntó: “¿De dónde vienes?”. “De España”, le dije. Fue el final de nuestra conversación en inglés. Y comenzó a hablarme en un castellano casi perfecto. “¿Qué escuela?”, me preguntó. Le dije el nombre. Entonces, me contó una historia asombrosa. “Son la única orden católica a la que se devolvió sus propiedades en la República Checa tras la dictadura porque solo ellas no colaboraron con los nazis durante la ocupación. En el Barrio Nuevo tienen una calle. Allí está el colegio y un restaurante donde puedes comer. Los platos son muy baratos y de gran calidad”, me explicó con su castellano perfecto. Hizo una pausa… y continuó. “Mi madre y mi tía estuvieron con ellas durante la ocupación. Fueron las únicas supervivientes de su familia”, confesó mirándome fijamente a los ojos.Por mi parte, le conté el motivo de la compra del colgante y le pedí, si los había, unos pendientes a juego. Me pidió esperar un rato y abandonó la tienda. Allí me quedé sola. Volvió con los pendientes. Al parecer, su hermana los tenía en su tienda. Sin embargo, estaba dispuesta a sumirlo. Al ir a pagar, me dijo que me hacía lo que resultó un más que generoso descuento. Al irme, me dijo: “Espera”. Y me regaló una cadena de plata, al tiempo que se despedía: “Mucha suerte”. Había llegado a Praga con las pilas consumidas y volvía decidida y con la moral altísima. Iba a ir a por todas. Decidí presentar mi solicitud de acreditación de forma inmediata. La conseguí y peleé por la cátedra. El día del acto final y el de la toma de posesión lucí pendientes y colgante. No podía ser de otro modo.De ahí mi interés desde entonces por aquel pueblo tan maltratado del que precisamente se habla en esta obra, que también protagoniza Óskar Schindler. Su autor es Leon Leyson, polaco, y esto es lo que he aprendido y quiero compartir con ustedes tras su lectura. Al fin y al cabo, es mi historia, aunque, claro está, sin la tragedia que rodeó la infancia de Leon, yo también “tenía mucho en contra y casi nada a favor”.El chico sobre la caja de madera es la historia de su autor, Leon Leyson, que comienza en Polonia, en el período de entreguerras, y finaliza al hacerlo la Segunda Guerra Mundial, durante la cual los nazis ocuparon Polonia. Es una historia con ciertas similitudes con el Diario de Ana Frank, si bien con cuatro diferencias sustanciales: a) Leon pertenece a una familia pobre, mientras que Ana nace en una familia acomodada; b) Leon vive en un entorno hostil, católico radical, mientras que el entorno de Ana será agradable hasta la llegada de los nazis al poder; c) Ana Frank fallece en Auschwitz en los últimos meses de la guerra, si bien Leon sobrevivirá gracias a Óskar Schindler; y d) Leon escribe su libro de adulto, mientras que el Diario de Ana se escribe mientras transcurren los acontecimientos.Como se ha mencionado, Leon nace en Polonia en una familia pobre. De hecho, sus padres se lo han ganado todo a pulso. Vive en un entorno que, como él mismo señala, solo percibió como hostil con perspectiva histórica, a medida que iban aconteciendo los hechos. Antes de la ocupación nazi, una frase típica de los niños católicos para referirse a un suceso caótico era: “como una congregación judía”, si bien no se le suponía connotación negativa alguna, aunque los problemas más graves aparecían en Semana Santa, cuando los niños católicos llamaban “asesinos de Cristo” a los niños judíos. Desde una perspectiva institucional, ya antes de la ocupación nazi, las leyes polacas prohibían a los judíos poseer tierras en propiedad o llevar nombre de pila polaco. Es más, incluso el maestro llamaba a los niños judíos, a todos como insulto, Mosiek (‘el pequeño Moisés’). Todos ellos eran signos evidentes de un futuro turbulento, aunque, dado que siempre había sido así, estos hechos no inspiraban temor.Tras la llegada de los nazis, apoyándose en que “no hay nada más fiable que la propia experiencia”, los padres de Leon creen que todo será similar a la I Guerra Mundial, época en que los soldados alemanes “eran personas como ellos mismos”. En cualquier caso, “la experiencia también engañó”. La ocupación nazi convierte al entorno aún en más hostil, esto es, se imponen nuevas restricciones a los judíos: no pueden asistir a la escuela, se les confiscan las cuentas, etc. En este contexto, incluso sus amigos católicos los evitan, intentando sacar partido de la situación. Sus padres intentan engañarlos y engañarse a sí mismos: confiaban en que los nazis recuperaran el sentido común. No obstante, lo peor no había llegado: empiezan a quemar sinagogas y a matar, si bien lo peor es que nadie reaccionaría en su defensa.Es cuando entra en escena Schindler, un empresario nazi de origen checo, que aprovecha las leyes nazis para contratar personal (judío), en ocasiones muy cualificado a muy bajo coste, solo abonando la pequeña tasa exigida por las autoridades nazis a cambio de la mano de obra esclava. Schindler era el nuevo propietario de la fábrica de vidrio donde trabajaba el padre de Leon, cuyo padre lo conoce porque es el contratado para abrir una caja fuerte, a cambio de lo cual Schindler le ofrece un empleo, que, sin entonces saberlo, se convierte en el instrumento para salvar la vida de buena parte de la familia, si bien en aquellos momentos el empresario actuaba exclusivamente con un desmedido afán de lucro, obteniendo pingües beneficios en aquellos primeros momentos.No obstante, tras ser trasladados al guetto los más afortunados, evitando, de este modo, los campos de exterminio, solo se podía sobrevivir manifestando lo que Erich Fromm definió como lo más característico de la naturaleza humana, trabajando o amando (enamorándose). Así reacciona Tsalig, hermano de Leon, que, a pesar de poder ser rescatado por Schindler, elige ser deportado junto a su novia Mirian y su familia.Con el tiempo, ante las atrocidades nazis, Schindler, olvidando el beneficio, solo intenta salvar cada vez a más personas inventando todo tipo de estratagemas. Incluso, cuando Polonia se hace demasiado peligrosa, se lleva a sus trabajadores a la República Checa para evitar su aniquilación en un campo de exterminio. Logra salvarlos e incluso se toma la molestia de avisar a la madre de Leon con ánimo de tranquilizarlo. Por otro lado, cuando el tren de mujeres las traslada a Auswichtz, Schindler logra salvarlas gracias a “cuantiosos sobornos”. Incluso al acabar la guerra, arriesgando su propia vida, Schindler los espera para ser él mismo quien diga a sus trabajadores: “Son libres”. En definitiva, Schindler podría haber elegido la comodidad, pero no lo hizo.Con todo, además de presentarnos a Óslar Schindler, este libro nos invita a la reflexión acerca de una serie de cuestiones tremendamente actuales. En primer lugar, el autor destaca lo más relevantes de lo que los regímenes totalitarios hacen a las personas: les arrebatan la seguridad en sí mismos y la auto-estima, que afecta a las familias incluso. Un elemento para la reflexión: quizás debiéramos preguntarnos si, salvando las distancias, ciertas culturas organizativas aún hoy emulan los comportamientos descritos en este párrafo.El libro comienza con el encuentro entre Leon y Schindler, que reconoce a aquel al momento, por lo que Leon destaca: “Sabía que no me decepcionaría”. Luego, destaca la capacidad del empresario para valorar la vida de un niño a pesar de su capacidad para generar beneficio. “Óskar Schindler creía que mi vida tenía valor”. A continuación, Leon nos exhorta a no valorar por la apariencia: “alguien no es lo que aparente ser, sino lo que gritan sus comportamientos”. El ejemplo más evidente es Schindler, un “héroe disfrazado de monstruo”.En relación con lo anterior, nos enseña a diferenciar entre un nazi de ral de un nazi solo de carnet, como Schindler, que no miraba con esa mirada inexpresivas de los nazis, sino con un sincero interés, un individuo que sabía rebelarse contra la ley imperante, incluso en momentos tan arriesgados como aquel. Un buen consejo aún hoy en día.Destaca León el tipo de empresario que era Schindler, quien premiaba la curiosidad de sus trabajadores, que se interesaba por sus trabajadores y se comportaba como si le interesaran como individuos. Una lección de empresa de gran valor.Finalmente, Leon resume la vida de Schindler como la evidencia de que una persona puede hacer frente al mal y cambiar las cosas, que hace “lo mejor que se puede hacer en el peor de los momentos”.Schindler fue pionero en la lucha por los derechos humanos apoyándose en el poder de su empresa, mucho antes de que los académicos comenzáramos a hablar de este tema. Su gran enseñanza a la humanidad puede resumirse con la inscripción del anillo que le regalarán sus trabajadores al concedérseles la libertad: “Quien salva una vida salva al mundo entero”.

 
 
 

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© 2014 por Beatriz Junquera Cimadevilla. Con mi sincero agradecimiento a Wix.com

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