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Crítica a 'Hasta Aquí Hemos Llegado' de Petros Márkaris

  • 5 may 2015
  • 5 min de lectura

Hasta Aquí Hemos Llegado es la cuarta novela del escritor griego Petros Márkaris dentro de lo que se ha llamado Trilogía de la Crisis, y que hasta el momento componían Con el Agua al Cuello, Liquidación Final y Pan, Educación, Libertad. Hasta Aquí Hemos Llegado, en ese marco, puede interpretarse como el epílogo de la serie. En este grupo de novelas el principal protagonista es el inspector Kostas Jaritos, personaje ya conocido en este blog.

Hasta Aquí Hemos Llegado se desarrolla en la Atenas actual, una ciudad sumida en la pobreza. La novela comienza con un problema en la familia del inspector Jaritos: una paliza recibida a la puerta de los juzgados por su hija Katerina, que trabaja para unos inmigrantes africanos. Los autores pertenecen a Amanecer Dorado. Este primer acontecimiento de la novela se convierte en la excusa perfecta para, de nuevo ahora, acusar a la sociedad griega de connivencia con lo que les ocurre (“Añadamos a eso que había gente a su alrededor que se ha limitado a mirar, sin que nadie intentara detener a sus agresores”), a la vez que un evidente intento de comprensión (“Hay gente que está de su lado y otra que no (…) Pero el resto no está a favor ni en contra. La mayoría no quiere meterse en líos con esa gentuza, Katerina”). Y, como siempre, un halo de ética en los discursos y en los comportamientos: “La obstinación en hacer lo correcto te ayudará”. Y el pasado siempre como explicación, de Zisis, tío de la víctima, y de quien Jaritos duda si no habría sido mejor padre para Katerina, al menos en circunstancias similares. Es Zisis, el que, como Adrianí, aunque con otro enfoque, siempre dice lo que está pensando el conjunto: “¿De qué sociedad más humana hablamos, Kostas? En este país no ha habido una sociedad más humana ni siquiera entre los que estábamos en el exilio. Quien se salía de la línea marcada por el partido (PASOK), estaba en la lista negra. Ninguna sociedad puede construirse sobre el miedo, pero entonces no lo sabíamos. (…) Una organización paraestatal. Y eso ha vuelto, Kostas. Sólo que ahora no son los políticos los que organizan este estado paralelo, para aterrorizar a gente como yo y a aquellos que no estaban en su bando. Este nuevo Estado nace del esqueleto de la crisis. Tu hija es una de las víctimas y algunos de tus colegas colaboran, como en los viejos tiempos”. Con el agravante de que el nuevo paraestado se construye en Internet….

Seguidamente, aparece un primer cadáver, Adreas Makridis, de nacionalidad alemana, aunque de ascendencia griega, que parece haberse suicidado. Sin embargo, pronto queda claro que se ha tratado de un asesinato e incluso aparece una firma, la de los Griegos de los Años Cincuenta, algo que es evidente necesita una adecuada interpretación, puesto que, en sentido literal, esa franja de población sería octogenaria, por lo que difícilmente podría imaginarse organizando asesinatos. Más tarde, se descubre un segundo cadáver, el propietario de una academia, cuyos asesinos, una vez más, crean un escenario que finja un suicidio. Se trata del señor Nikitópulos. Una vez investigada, la historia de Nikitópulos se torna, cuando menos, curiosa: “”Nikitópulos no había dado clases en su vida. Supo colocarse bien ya en el 81. Nunca participó en las revueltas de la Politécnica. Su padre era de derechas desde la época de la Guerra Civil y siguió siéndolo, pero el hijo fue más listo, quiso ver, antes de posicionarse, hacia dónde soplaba el viento. Cuando lo tuvo claro, empezó a ser sindicalista. Fue asesor del Ministerio de Educación (…). Entonces estaba muy a favor de que se aligeraran las materias de secundaria, porque los chicos se cansaban inútilmente (…). Así empezaron a surgir academias privadas por todas partes. Tenía a los profesores de su parte, porque les garantizaba un sueldo extra con las clases particulares en las academias. (…) Lo que sí sé es que, cuando era asesor, ya había decidido abrir una academia y estaba allanando el terreno. (…) Los miembros de la derecha eran ideólogos, les preocupaba la nación y el “patria, familia, religión”, pero no se hicieron ricos. Eso fue más tarde. (…) ¡Y vete a saber de cuántas academias más era un socio a la sombra y cobraba! (…) Cada academia es una puñalada en la espalda de la educación pública”. ¿A qué les recuerda…?

Y otra desgraciada ‘coincidencia’, que, una vez más, hace culpables a los griegos de su propio destino: “Por lo general, los que progresan en el sector público griego pertenecen al grupo que va de los estúpidos a los mediocres. Si eres inteligente pero no tienes enchufes, eres víctima de una contradicción: lo pillas todo al vuelo, pero avanzas como un caracol”. ¿A qué les recuerda…? (de nuevo).

Y otra más: “Los funcionarios griegos no comentan nada con sus compañeros de trabajo, más allá de asuntos familiares o burocráticos. Entre los funcionarios impera la máxima ‘que tu mano derecha no sepa qué hace la izquierda’. Y no sólo metafóricamente”. Una vez más, ¿a qué les recuerda…?

La novela, de nuevo en este caso, está repleta de ‘sentencias lapidarias’, verdades universales, de esas con las que una gran mayoría coincidimos: “Antes enchufábamos a los enfermos a los aparatos para curarlos, ahora nos enchufamos solos a los móviles para acabar soltando tonterías”. Otra que merece la pena destacar: “Eran unos cabrones. (…) Los cabrones no son de izquierdas ni de derechas. Son cabrones”. Una tercera: “ (…) si dejamos de lado la hipótesis ideológica y nos quedamos en cuestiones prosaicas, el dinero no solo es capaz de dividir familias, sino que puede acabar con antiguas enemistades en aras de un interés común”.

Al final, el culpable, los culpables, que no les voy a desvelar, y un diagnóstico terrible por duro, doloroso por sincero y trágico por preciso sobre esa Grecia “que nunca muere pero que tampoco cambia nunca”. Y una explicación, la única, mucha más cercana, por cierto, de lo que nos gustaría: “Los ricos de los Balcanes serían como los patronos agricultores de Safiris, como Vranás, pero, sobre todo, como Nikitópulos. Y me puse a explicarles cómo la gran estafa empieza con la educación. Cómo las academias privadas embaucan a padres y a hijos y los despluman con la promesa de garantizarles el ingreso en la universidad. Y cómo el sistema entero está organizado de tal manera que las academias privadas resulten imprescindibles. Hace falta tener escuelas deficientes, materias educativas pobres en contenido y carencia de textos escolares para que las academias triunfen…”. Como dijera Isócrates, “Llamamos helenos no a los que pertenecen a nuestro linaje, sino a los que participaron de nuestra educación”.


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