top of page

Crítica a 'Un Árbol Caído' de Rafael Reig

  • 5 may 2015
  • 5 min de lectura

Un Árbol Caído es una novela del prolífico Rafael Reig, que narra la compleja historia de un grupo de ‘matrimonios amigos’, esta peligrosa institución tan propia de aquella España de la segunda parte del siglo XX, que aún pervive y que se entiende como un instrumento de poder y reconocimiento social. De hecho, yo habría titulado así la novela, Unos Matrimonios Amigos, sin bien reconozco la carga de significado del título real del libro.

El término ‘matrimonios amigos’ es contradictorio, o quizás hipócrita, en sí mismo. De hecho, a medida que uno se sumerge en la novela, va entendiendo que hay una gran dosis de ironía en ese término, ‘matrimonios amigos’, repetido hasta la saciedad en esta novela. Nos encontramos ante una novela que cuenta con múltiples protagonistas, los matrimonios amigos y sus familias, lo cual no es de extrañar, porque la identidad en esta novela no pertenece a cada uno de los personajes, sino al grupo. El narrador de la novela es el hijo de uno de esos ‘matrimonios amigos’, que sabe que quien actuó como padre para él no lo es en realidad, sino que su padre biológico es uno de aquellos hombres que componen ese ente de los denominados ‘matrimonios amigos’. La novela es la historia de esa búsqueda.

Los ‘matrimonios amigos’ de nuestra novela pertenecen a una forma típica española de ganarse la vida, un grupo de personas nacidas en las décadas de los cuarenta y los cincuenta, pertenecientes a familias que también ‘habían encontrado su sitio’ en la sociedad cuando fue necesario y que, en el fondo, lo único que tenían claro, con mala conciencia o no, como sugiere la novela, es que pretendían seguir viviendo de ese modo. De hecho, fueron generaciones que tuvieron que asistir a cambios más drásticos y rápidos que sus progenitores y buena prueba de lo anterior es que supieron ‘adaptarse’ adecuadamente, esto es, de modo que el resultado (para ellos, obviamente) resultara óptimo. A cambio, renunciaron a la identidad (sin el grupo no se es nada). De hecho, construyeron una realidad (¿virtual?) en la que vivían otra, de otro modo, como el grupo esperaba de ellos. A cambio, esta es la historia de un grupo de ‘matrimonios amigos’, donde, paradójicamente, no existía ni matrimonio ni amigo alguno.

El autor manifiesta excepcionalmente este ambiente de falsedad en la página 23 del libro, al referirse a la novela de uno de los miembros masculinos de los ‘matrimonios amigos’: “Todo sonaba a falso en la gran novela de Pablo Poveda. Los personajes eran de segunda mano (…) y arreglados con esparadrapo (…). Cada adjetivo se abrazaba como una piedra al cuello del indefenso sustantivo que se ponía a su alcance. El argumento avanzaba arrastrando los pies”.

En este contexto, los años setenta marcan lo que ellos consideran sus hitos históricos, “esa década, ese breve intervalo en el que protagonizaron sus propias vidas y al mismo tiempo la historia nacional”. Además, aquella época les había permitido sentirse víctimas, una característica muy propia en estos grupos de ‘matrimonios amigos’: “el Partido no movió un dedo (…). Los comunistas nunca habían confiado en los universitarios hijos de buenas familias". Y la novela hace emerger también la desconfianza entre ellos, la ignorancia del delator, que podía ser cualquiera, la pareja de cualquiera de ellos, un sentimiento que prevalece a medida que van madurando, e incluso envejeciendo.

Por supuesto, juzgaban a los demás por encima del hombro, al expresidente que había perdido la memoria, a quien había realizado tantas transformaciones, pero ellos lo despreciaban, ¿quizás por envidia, por no conocérseles resultado alguno en la vida más que el ser capaces de adaptarse al viento, soplara este de donde soplara?: “el desprecio hacia el advenedizo, ‘el chusquero de la política’ (como él mismo se definía), el que había llegado a lo más alto sin formar parte de la clase dominante, sin medios de fortuna, sin ser ‘uno de los nuestros’”, porque, señores lectores, estos ‘matrimonios amigos’ habían pasado por múltiples aventuras, pero no se engañen: nunca habían renunciado a ser “uno de los suyos”, de sus múltiples grupos, de sus familias, de quienes les aportaban el colchón para practicar cualquier ‘deporte de riesgo’ con la absoluta seguridad de que no les pasaría nada. Ese Adolfo Suárez que se había convertido no sólo en un obstáculo, sino en un auténtico peligro (peligro, por supuesto también, para el estatus quo de los ‘matrimonios amigos’): el rey, los empresarios, sus ministros, su partido y hasta sus propios amigos, como algunos de los componentes masculinos de los ‘matrimonios amigos’ de esta novela. Ese presidente Suárez que había empezado a dormir con un revólver calibre 22 en la mesita de noche. Los miembros masculinos de los ‘matrimonios amigos’ de nuestra novela dictaminaban ya en 1980: “Hay que desbloquear esto antes de que estalle o vamos hacia un dead end”, por supuesto repitiendo unas palabras oídas al entonces glorificado Felipe González, que, por cierto, “ya conspiraba también con los militares para el ‘cambio de rumbo”. Todo ello había vuelto temerosos a los ‘matrimonios amigos’ de esta novela, pues ese árbol caído, que así llamaba Alejandro Rojas Marcos al presidente Suárez, “aún podría caernos encima”. Esos eran sus principios, esas eran sus convicciones, esa era su valentía, esa era su decencia.

Eran esos ‘matrimonios amigos’ cuyos miembros masculinos, por supuesto, después del golpe daban consejos a Alfonso y a Felipe. Son los ‘matrimonios amigos’ que, a partir del 82, adoptaron una nueva ética, la denominada ‘ética de la responsabilidad’ (sic) (que alguien había resumido en medio folio para Felipe González) frente a la ‘desfasada’ (sic) ‘ética de las convicciones’. Porque sepan ustedes, señores lectores, que para nuestra desgracia como país, como sociedad, estos ‘matrimonios amigos’ han seguido sucediéndose a través de la historia, por supuesto adaptándose siempre a los vientos según estos decidían cambiar de orientación. Por supuesto, señores, tuvieron vástagos, los cuales, como buenos hijos, replicaron fielmente los comportamientos de sus padres, y tuvieron éxito, ¡claro que sí!, el único éxito que valora este país, el que se ha obtenido en ausencia de esfuerzo.

Sin embargo, esta es solo una parte de la verdad, la más visible, desde luego, pero solo una parte, porque “la información no viene empaquetada y etiquetada, sino que se encuentra dispersa, en fragmentos minúsculos situados en lugares imprevistos, con las distintas piezas muy alejadas unas de otras”. Como esta novela de Reig no es en absoluto maniquea, yo les contaré que el final no es tan feliz. Hay muertes, hay soledades, hay cárcel, no esa cárcel del 62, sino la cárcel de los delincuentes, esa cárcel humillante que llega a alguno de nuestros protagonistas cuando menos se lo esperan. Hay, además, infelicidad para todos, una infelicidad que ellos mismos se han creado y que procede de sus interiores, pero que, naturalmente, ellos achacarán al Partido que les abandonó, a una transición de pacotilla y a todo lo que quieran más. Y hay morbo, no nos engañemos. ¿Por qué? Pues porque, a pesar de las distancias que intentaron marcar con sus progenitores, estos ‘matrimonios amigos’ eran idénticos a ellos y, por lo tanto, entre ellos también “hay hombres que se sienten atraídos por quien les necesita, por quien les utiliza, pero aun así, o por eso mismo, les hace sentirse imprescindibles, casi queridos”. Ese machismo paternalista tan propio de estos grupos y que es un indicador de los más ‘casposo’, como se dice ahora. Pues ese mismo…

Y no les cuento más. Un Árbol Caído va de esto, de estos parasitarios ‘matrimonios amigos’ que desde hace décadas estrangulan España. El resto es una historia hermosa que pertenece a Rafael Reig y que les va a entretener y divertir, pero que también les hará pensar. El todo en uno de una novela. ¡Disfrútenla!

No obstante, como en toda buena novela, novela excepcional, queda mucho por contar. Queda por contar lo que ocurrió con la multiplicación de estos grupos dentro de las diversas autonomías, casi idéntica, aunque con una tonalidad más pacata, más provinciana. Y nos queda la ingeniería organizativa desarrollada por ellos. Nos quedan sus tentáculos más allá de la política, en otras esferas y ámbitos sociales. Ustedes ya me entienden. Alguien se encargará de ellos…


DSC_0036.JPG

 
 
 

Comentarios


Crítica destacada

© 2014 por Beatriz Junquera Cimadevilla. Con mi sincero agradecimiento a Wix.com

bottom of page